Los baños

El agua en la cultura judía posee numerosos significados y una relevancia especial: es agua que fructifica las tierras y labrantíos, es agua sagrada que purifica y agua que procura nuestra higiene.

Los baños públicos más notables se conservan en Zaragoza. Se emplazan en lo que fue la Judería Nueva, en la parroquia de San Miguel, en un sótano de la calle del Coso, frente a la Sinagoga Mayor.

Construidos por alarifes mudéjares en el siglo XIII, los judíos de la aljama recibieron licencia para utilizarlos bajo el mandato de Alfonso III en el año 1290. En un principio el rey percibía unas tasas por su uso, pero luego los arrendó a diversas familias de notables, como los Cavallería, destinándose parte de los recursos obtenidos a sufragar la construcción y la reparación del Puente de Piedra.

Este complejo contó con un sistema de agua caliente y fría, siendo regentado por una familia de bañadores que atendía su limpieza, las calderas y el suministro de leña. Se com­ponía de dos salas rectangulares de 9 x 4 metros y 9 x 7 metros, con entrada independiente, cubiertas con bóvedas de ojivas y sección cuadrilobulada, que apoyan en columnas de alabastro.

El miqveh para la mujer tiene un doble significado de purificación física y espiritual, pues al sumergirse “una vez todo su cuerpo” es bañada en las “aguas vivas” de la creación, “como si hubiera nacido en ese mismo instante”.

La menstruación macula a la mujer durante una semana, en la que está prohibida cualquier relación. Una vez transcurrido el séptimo día, si ha desaparecido el flujo vaginal, realiza un baño purificador de inmersión, siendo considerada apta para la conyugalidad.

En la fase post partum, el período de impureza (niddah) depende del género de la criatura: si alumbra un hijo es de una semana, más treinta y tres días adicionales de purificación; cuando se trata de una hija, el período se duplica (catorce y sesenta y seis días, respectivamente), porque en su día se convertirá en mujer que menstruará y parirá. Esta incapacidad ritual no es en realidad una limitación, porque la mujer necesita el privilegio del descanso.

Es una institución muy significativa de la que apenas quedan evidencias documentales o arqueológicas. Se sitúa en una dependencia de la sinagoga —en ocasiones debajo de un tejado para aprovechar el agua de lluvia—, necesitando de una corriente permanente, bien sea de un manantial o de un curso fluvial cercano. Su pila alberga una capacidad mínima de cuarenta se'ah, o lo que es lo mismo, en torno a quinientos litros.

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