La vivienda

La sociedad se articula, a tenor de su riqueza y nivel tributario, en estamentos o manos, a saber, ma­yor, me­diana y menor. En las comunidades más numerosas existe una clase elevada, cuya hacienda es arto riqua; un nivel medio-alto, de aquél que tiene bien en que bevir y buenas posesiones; un amplio segmento, que tiene razonable hazienda; un umbral de modestia, que dispone de lo esencial para el alimento, el cobijo y el vestido; los que apenas tiene en que pasar su vida y viven en la estrechez; y los que dependen de la caridad, por ser muy desamparados y pobres.

El grueso de la población —el común— se engloba en las clases medias, caracterizadas, en lo primordial, por tratarse de artesanos autónomos —menestrales— que se ganan la vida con su trabajo y que tan solo aspiran, como diría uno de mis vecinos, a tener obrador, e passar mi vida e bevir de mi treballo. Sin embargo, existen otros factores de prestigio como la sabiduría derivada de la edad, el estudio de la Torah, las prácticas piadosas y caritativas, la estirpe y los ascendientes, y los medios de fortuna aplicados en favor de los más necesitados.

La morfología de las casas depende del prestigio y el estatus social de sus moradores. Así, las clases medias y las más modestas disponen de poco espacio, y cuentan con un mobiliario modesto y funcional. Viven en régimen de alquiler, compartiendo algunas estancias con otras familias (cilleros, corrales, porche, etc.). El material constructivo predominante es el adobe y el ladrillo, así como el yeso, para el estucado y revoque de paredes y suelos, y la madera, utilizada en las cubiertas, forjados, vigas y pilares.

Las clases acomodadas (mercaderes, plateros, cortesanos, rabinos, intelectuales, obreros especializados, etc.) viven en la zona residencial próxima a la sinagoga mayor. Desde un punto de vista arquitectónico responde al modelo de típico caserío aragonés, pues se adapta a las construcciones populares que levantan maestros de obras cristianos y mudéjares, utilizando con preferencia la piedra, a base de sillares, sillarejos o mampuestos.

Se edifica en dos alturas, además del sótano (para almacén de víveres y materias pri­mas) y la falsa o desván (utilizado como granero y para atenuar los rigores del clima). A la planta baja se accede a través del porche. Cuenta con distintas estancias o “palacios” empleados en variados menesteres (almacén de grano y utillaje artesanal o zaguán), así como cuadras y corrales. Al fondo, unas escaleras conducen al piso superior donde se encuentra la cocina y las cambras, habilitadas para el descanso como dormitorios, con pequeñas estancias contiguas o retretas.

Sus moradores decoran sus paredes con cortinas, raceles, traveseros de lana y cojines. Es muy común que se utilice como motivo decorativo las barras rojas y amarillas del estandarte de Aragón. En los aparadores con gradas se guardan candelabros, platos y vasos o picheles, morteros, cántaros, bacines o aguamanos. Son corrientes los fogariles y escalfadores para mantener la comida caliente. No faltan cofres, arcas, arcones y cajas donde se guardan enseres domésticos.

En festividades como el Sabbat, Hanuká y el Pessah, las mujeres engalanan la mesa con manteles blancos, una vajilla especial y una iluminación más intensa que se suma a los candiles de latón o apliques de las paredes de dos o tres mechas, amén del encendido de la Menorah, cuando la ocasión lo requiere.

Son pocas las familias que cuentan con comedor, y menos aun las que contratan servicio doméstico, por lo que el lugar donde se reúne la familia es la cocina, que articula en torno a la chimenea, colocándose en torno a ella cadieras o bancos corridos. El equipamiento cuenta con elementos comunes: hornillos, padillas, parrillas, espedos, sartenes; fogariles; calderos provistos de una sola asa de donde pendía mediante una cadena sobre el fuego del hogar, calderas y caldericas para la extracción del agua. El repertorio destinado a la cocción está formado por distintos tipos de olla, cuyo modelo común hasta los años centrales del siglo XIV se corresponde con un recipiente de perfil globular, cuello corto y borde engrosado de perfil rectangular, de medianas dimensiones.

En el menú cotidiano no puede faltar el pan, el vino y aceite, mientras que el Sabbat, por ser un día santo, condimentan un potaje especial llamado hamín –en Castilla se denomina adafina-, compuesto de garbanzos, verduras y hortalizas de temporada, huevos duros y carne, que se prepara el viernes antes de que caiga el ocaso.

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