El cementerio

La necrópolis o fosal, también conocida como “casa de la eternidad” o “casa de la vida”, se sitúa extramuros –como sucede con los enterramientos islámicos, no así los cristianos, que se inhuman en las iglesias o sus inmediaciones– a una distancia mínima de cincuenta codos, en torno a 25 metros, pues las tumbas transmiten impureza.

Según prescribe el Talmud, debe enclavarse en terreno inculto, en el declive de una ladera, próximo al curso de un río y con las sepulturas orientadas hacia Israel. Asimismo, está delimitado por un muro y cuenta con una puerta de acceso.

Para el judaísmo la muerte no es un momento íntimo, pues la familia permanece unida y asea el cadáver para depositarlo en la tumba, su lugar de descanso. Esta tarea corresponde a las mujeres, pues son ellas las que preparan al difunto para su destino final.

El cadáver es sometido a un escrupuloso lavado ritual con agua caliente o tibia, el afeitado del pelo y el vello, y el cortado de las uñas, por ser impuros. Es amortajado con un lienzo de lino, tejido y cosido a gran­des puntadas, ciñéndoles calzones, camisa limpia y capa plegada, colocando su cabeza sobre almohada de tierra virgen y una moneda de plata u oro debajo de su lengua, aljófar y amuletos. Más que a los muertos, se teme el instante en que los espíritus puedan adueñarse del cuerpo del difunto, por eso es fundamental cerrar sus ojos, la boca e incluso tapar las fosas nasales

Tras el óbito se derrama el agua de las tinajas y cántaros de la casa del difunto, creyendo que el alma se bañaría en ella durante los primeros siete días o que el ángel de la muerte limpiaría su espada. En otros lugares, por el contrario, se coloca un vaso de agua durante la novena jornada en el alféizar de la ventana, los sábados y días de luto, para que el alma pudiera refrescarse.

Los enterramientos se realizan en fosas rodeadas por cantos rodados, con lajas de revestimiento o en “lucillos”, es decir, pe­queñas bóvedas de medio cañón. Los ataúdes presentan forma trapezoidal y una longitud de dos metros. Los ajuares son modestos, pero siempre poseen un contenido emocional (anillos, sortijas, pendientes, alfile­res, colgantes, collares, etc.).

Existen cofradías, llamadas Qabarim o “cavafuesas”, que en Huesca está compuesta tanto por hombres como mujeres, consagradas a enterrar a pobres y transeúntes, pues a ningún creyente se le debe privar de un entierro digno.

Se conocen las localizaciones de los cementerios de Teruel –de donde procede la mujer colección de ajuares funerarios–, Daroca, Luna, Calatayud, Ayerbe, Biel, Uncastillo y El Frago.

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